Los rankings universitarios y la lógica de aceleración permanente

Reloj de arena

En la competición académica, los rankings universitarios nacionales e internacionales se han convertido en una herramienta estratégica muy popular. Desde hace años, clasificaciones internacionales como QS World University Rankings (QS), Times Higher Education (THE), el Ranking de Shanghái o (a nivel nacional) Ranking de Universidades de El Mundo, proporcionan una especie de mapa simplificado del prestigio académico.

Existen diferencias entre los rankings en cuanto a los indicadores considerados. Sin embargo, la mayoría mide, de una forma u otra, la excelencia investigadora, el impacto científico, el prestigio internacional y la producción académica. El Ranking de Shanghái tiene en cuenta, por ejemplo, el número total de publicaciones indexadas, la cantidad de investigadores altamente citados y el número de premios Nobel vinculados a cada institución. A partir de la recopilación y comparación de estos indicadores, los rankings pretenden generar una jerarquía que sitúe a las “mejores” universidades en los primeros puestos y a las demás en posiciones inferiores. De este modo, estudiantes, gobiernos y empresas pueden comparar universidades de distintos países y sistemas de manera relativamente sencilla.

Durante las últimas décadas, los rankings han adquirido un peso enorme en la educación superior. Han influido en la estrategia de las universidades, en las decisiones de los estudiantes internacionales e incluso en las políticas públicas de algunos países. Su atractivo reside en su aparente simplicidad: convierten un ecosistema complejo como el universitario en una lista ordenada que promete objetividad y comparabilidad. Sin embargo, precisamente esa simplificación es la que ha generado las principales críticas.

A contracorriente: El caso de la Universidad de Utrecht

En paralelo a su expansión global, también existen críticas cada vez más profundas hacia los rankings. La Universidad de Utrecht (Países Bajos), incluso, falta en la clasificación de THE y de QS desde hace unos años ya que ha dejado de proporcionar información necesaria para generar su puntuación relativa. Como el Ranking de Shanghái se elabora sin necesidad de que las universidades proporcionen datos directamente, la Universidad de Utrecht sigue apareciendo en dicha clasificación. La decisión de esta universidad ha supuesto un gesto simbólico de gran alcance dentro del mundo académico y otras universidades europeas, como la Universidad de la Sorbona (Francia) y la Universidad de Zúrich (Suiza), también han dejado de participar en la clasificación de THE.

Aquí se abre un debate complejo: si los rankings se han convertido en una referencia global, ¿por qué algunas de las universidades más respetadas de Europa deciden distanciarse de ellos?

La decisión no implica un rechazo a la excelencia ni a la evaluación externa, sino una reflexión sobre cómo se mide realmente la calidad universitaria. La Universidad de Utrecht considera que el ranking “hace demasiado hincapié en “scoring and competition” (puntuación y competición), mientras quieren centrarse en “collaboration and open science” (colaboración y ciencia abierta); dos perspectivas, supuestamente, incompatibles. También consideran que es “casi imposible poder capturar la calidad de una universidad entera con asignaturas y disciplinas muy diferentes en un único número”. Por último, consideran que se ha comprobado que la metodología utilizada por los rankings es muy cuestionable y que las universidades pierden mucho tiempo proporcionando la información requerida.

La Universidad de Utrecht, al igual que otras instituciones neerlandesas, ha señalado que este tipo de clasificaciones tienden a reducir la universidad a una serie limitada de indicadores cuantitativos. Esto significa que se da un peso desproporcionado a elementos como la producción científica, las citaciones o la reputación investigadora, mientras que otros aspectos fundamentales quedan en un segundo plano o directamente fuera del análisis. Elementos como la calidad de la docencia, el impacto social, la contribución al entorno regional, la innovación pedagógica o el bienestar estudiantil son difíciles de medir y, por tanto, suelen quedar infrarrepresentados.

Este desequilibrio tiene consecuencias tal vez no deseables que van más allá de la mera clasificación. Cuando las universidades saben que su posición depende en gran medida de determinados indicadores, pueden verse incentivadas a orientar sus estrategias hacia aquello que mejora su rendimiento en los rankings. Los rankings, por tanto, no son neutrales y pueden alterar las prioridades de las propias instituciones. En lugar de centrarse exclusivamente en su misión educativa y científica, algunas universidades acaban adaptando sus decisiones a criterios de evaluación externos.

Slow Academics: ¿una alternativa?

En los Países Bajos, la crítica a los rankings universitarios forma parte de un debate mucho más amplio sobre cómo debería evaluarse realmente el trabajo académico. El informe Ranking the University, elaborado por las universidades neerlandesas, cuestiona la idea de que la calidad de una institución pueda resumirse en una única posición dentro de una clasificación global. Según el documento, los rankings internacionales simplifican en exceso una realidad profundamente compleja y terminan privilegiando ciertos indicadores —como el volumen de publicaciones, las citaciones o la reputación investigadora—, mientras dejan en segundo plano dimensiones fundamentales de la vida universitaria, como la calidad docente, la cooperación académica, el impacto social o el bienestar de estudiantes y profesores.

En paralelo a esta crítica institucional, también han surgido corrientes académicas que cuestionan la cultura de hiperproductividad instalada en muchas universidades. Una de las más relevantes es el movimiento Slow Academics, recuperado recientemente por Albert Meijer y William Webster en el artículo Is it Time to Slow Down?. Los autores sostienen que la universidad contemporánea vive atrapada en una lógica de aceleración permanente: publicar continuamente, obtener financiación, generar impacto, responder a métricas de rendimiento, participar en comités y mantener una productividad constante. En ese contexto, la presión por rendir nunca desaparece.

Frente a este modelo, Meijer y Webster proponen recuperar una academia “más lenta”, inspirada en las ideas desarrolladas previamente en The Slow Professor. La propuesta no consiste en trabajar menos ni en reducir la exigencia académica, sino en reivindicar condiciones que permitan pensar mejor. Según esta visión, la investigación rigurosa necesita tiempo, discusión, maduración intelectual y capacidad de reflexión, elementos difíciles de sostener en un entorno dominado por la velocidad y la evaluación continua.

La idea conecta directamente con otra de las grandes transformaciones que actualmente se discuten en el sistema universitario neerlandés: el movimiento Recognition & Rewards. Esta iniciativa busca ampliar la manera en que se reconoce el mérito académico, incorporando dimensiones que van mucho más allá de las métricas bibliométricas tradicionales. El objetivo es valorar también la docencia, la colaboración interdisciplinar, la ciencia abierta, el liderazgo académico, el trabajo colectivo y el impacto social de la universidad.

Desde esta perspectiva, la decisión de universidades como Utrecht de distanciarse de algunos rankings internacionales no debe interpretarse como un rechazo al sistema universitario global, sino como una crítica a una determinada manera de entender la excelencia académica. Lo que se cuestiona no es la necesidad de evaluar o comparar universidades, sino la idea de que unos pocos indicadores cuantitativos puedan captar toda la complejidad de una institución universitaria.

El debate refleja, además, una diferencia cultural importante en la manera de concebir la universidad. Mientras que, en algunos sistemas, especialmente anglosajones, la competencia institucional ocupa un lugar central, en buena parte de Europa continental ha predominado históricamente una visión más ligada al servicio público, la cooperación y la función social de la educación superior. Desde esta óptica, la obsesión por ascender posiciones en los rankings puede interpretarse como una distorsión de la misión universitaria.

Es poco probable que los rankings desaparezcan a corto plazo. Su capacidad para ofrecer comparaciones rápidas y fácilmente comprensibles sigue teniendo un enorme peso mediático y político. Sin embargo, lo que sí parece estar cambiando es la forma en que muchas universidades interpretan esas clasificaciones. La decisión de la Universidad de Utrecht ha abierto una conversación cada vez más visible sobre qué significa realmente ser una “buena universidad”. En un contexto marcado por desafíos como la sostenibilidad, la salud mental, la digitalización o la transformación del trabajo académico, la excelencia empieza a entenderse como algo más complejo que una simple posición en una tabla internacional.

En última instancia, la discusión sobre los rankings no trata únicamente de cómo medir universidades, sino de qué valores deben definir la educación superior en el siglo XXI. Y en ese debate, las universidades holandesas han decidido lanzar una pregunta incómoda, pero cada vez más necesaria: ¿es posible construir una universidad de calidad sin convertirla en una competición permanente?

La imagen de encabezado fue generada por la inteligencia artificial SORA, de openai.

Anne-Marie Reynaers. Profesora Titular en la Universidad Autónoma de Madrid